22.5.06

El silencio y el café


Vanda no sabía que pasaba. Sólo recuerda como su madre la cogió del brazo derecho y la arrastró por el pasillo. "En la otra mano tenía la muñeca que me regaló por Navidad. Con el ajetreo se me cayó, traté de parar para recuperarla, pero no podía", asegura mientras toma un café junto al Danubio, en la calle Sladkovicova en Bratislava. La muñeca. Es de lo único que se preocupaba. La muñeca se perdió en la oscuridad del pasillo, al fondo, cada vez menos nítida. Las paredes forradas de papel estampado con flores se estrecharon poco a poco. Sus cortas piernas no aguantaban el ritmo de su madre y pronto se vio suspendida en el aire. Los vecinos estaban en las escaleras alborotados, con trastos viejos y maletas llenas de miedo. Todo el mundo hablaba alto, chillaban. Nadie sabía nada. Ella no sabía lo que pasaba. Su madre la bajó a la calle entre los empujones de los vecinos. Y de pronto, como surgido de la nada, un soldado le arrebató a Vanda. Nadie vio nada, nadie supo nada. El camión arrancó el motor en medio del jaleo. Su madre nunca vió dónde se la llevaron. Ni si quiera si la metieron en el camión. Demasiada gente. “Cuando perdí la muñeca... no recuerdo más,... un soldado, la estrella roja, un fuerte olor a lona... creo... y luego todo oscuro. Un motor. Y aparecí aquí. Desde entonces vivo sin sabe nada de lo que pasó”. Vanda no puede terminar el café. Sabe que aquello la separó de lo que quería. Veinte años después sigue sintiendo en su muñeca derecha la fuerza con la su madre la agarraba y también la otra muñeca, la que perdió en la casa, con la que vio como su infancia se borraba en unos segundos. En Chernóbil nadie sabe lo que pasó. Demasiado tarde. La pequeña ciudad de Bratislava fue su nuevo hogar. Pero siempre le quedará el silencio del invierno. El silencio, veinte años después impide a Vanda terminar el café. No sabía lo que pasaba. No quiere saber que pasó.