4.3.06

Silencio en el coche

No sé por qué sucede, pero en muchas ocasiones los pensamientos más lúcidos ocurren dentro del coche, en silencio, en compañía y con mal tiempo.
"Sabes, estaba pensando en el futuro, tu y yo, y bueno, no se, creo que ...". Un movimiento lento y tedioso de su cuello me indica que no ha sido buena idea lanzar el comentario. El coche se convierte en el espacio común donde ambos estamos condenados a pasar las próximas horas. Me mira con esos ojos que no son ni la sombra de lo que un día fueron. Entre tanto maquillaje apenas puedo ver a la joven con la que empecé a salir aquel marzo de hace ya... Dios, no quiero ni pensarlo. “Verás, estaba conduciendo, y quería comentarte algo”. Dudo. Opción A: recordarle lo guapa que estaba cuando nos conocimos en Lisboa, las locuras que hicimos, las juergas del hotel. Opción B: decirle sin tapujos de nuevo que su abogado tiene que firmar los papeles del divorcio. Creo que la sigo queriendo. No, solo es cariño. “¡Qué coño quieres!, estaba medio dormida, seguro que era una de tus ideas de bombero retirado”. Nunca me escucha. Nunca me escuchó. Nunca le gustó lo que a mi me gustaba. Nunca. Ahora me siento forzado por mi orgullo a no quedar por debajo de ella. Siempre hizo lo mismo, indagar en mi, conocerme tanto que no me deja ser espontáneo. Opción B. “¿Cuando coño vas a firmar los papeles? Estoy cansado de esperar, Doña Importancias”. Dios, ya la he cagado, pero me da igual. Ella se lo ha buscado. ¿Por qué tenemos que ir hasta La Coruña a ver a sus padres? Esto no se acaba nunca. Ella se recuesta sobre su asiento dándome la espalda. Sólo espero que caiga la noche. Doña Importancias, así me gustaba llamarla cuando se las daba de estresada. Realmente el dinero lo tenía por capricho, eso es lo que pasa cuando tu papa es uno de los mejores abogados y tu hija decide hacerse periodista. “No quiero empezar la discusión otra vez. Los papeles que me has mandado no dejan claro lo del reparto. Ya hablaremos mañana, ¿vale?”. Odio esa entonación pedante y burócrata que se le ha puesto. Recuerdo su tono de voz en Roma, cuando terminábamos de hacer el amor…que tiempos. No merece la pena seguir hablando. Para qué, nunca me escuchó. Me muerdo el labio inferior y acelero. Ella se duerme. La lluvia golpea la chapa. El ruido del motor, el paisaje castellano con su monotonía, el calor de la calefacción, el cielo gris, la carretera húmeda... no puedo dejar de pensar en ella. La quiero. Demasiadas horas conduciendo. Nunca me escuchó. Los limpiaparabrisas parecen el reloj de un hipnotizador. Se hace de noche. Parece que mis hombros pesan diez kilos cada uno, creo que…

Creo que ella tiene la culpa de todo, si, ella. Por ejemplo, nunca aprendió a conducir. Demasiado ocupada, claro, ella trabaja. Además, conducir es banal, trivial. Desde luego, no lo es para la mejor cliente de Chanel. Pero le sienta tan bien el leopardo.... Cuando estábamos la Plaza de Colón, con el sol de la primavera , ella salía radiante de aquella tienda tan cara, recuerdo que la hice unas cuantas fotos en blanco y negro... si, cuando aún era joven. LAS RUEDAS TOCAN CON EL BORDE DE LA CALZADA. De niño solía ir al Bernabeu con mi padre, me gustaban los partidos de los domingos soleados, a las 5, como debe ser. Ver al Salamanca, a la Real, el blanco de las camisetas brillaba más de lo normal, me fascinaba. EL COCHE SE SALE DE LA CARRETERA. Recuerdo cuando la enfermera me la trajo entre sus brazos, nunca pensé que se parecería tanto a ella, tenía sus mismos ojos. Tan pequeña, tan indefensa. Como todos, al fin y al cabo. GIRA SIN CONTROL.

UN ARBOL.

PUM.

NADA.


Silencio.


Angustia.


Miedo.


Frió.


Desesperación.


Ya nada importa. Ya no me va a escuchar nunca más. ¿Acaso lo hacía antes?





**La imagen está retocada por Cris dpm**